Entrevista en Hemisferio Izquierdo, Uruguay, octubre de 2016

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“La izquierda político-partidaria tiene que reinventar su vínculo con los movimientos sociales”
7 Oct 2016
| Por:
Hemisferio Izquierdo

Foto: gentileza de Dafne Gentinetta

Entrevista a Maristella Svampa*

HI: El Cono Sur atraviesa actualmente un proceso de ascenso de las derechas con características muy particulares tras la dirección de gobiernos progresistas a lo largo de sucesivos periodos. ¿Cómo y por qué considera que tuvo lugar el avance de la derecha tras los gobiernos progresistas?

Entre 1999-2000 y 2015-2016, América Latina vivió un nuevo ciclo político y económico caracterizado por un novedoso escenario transicional. Esta nueva apertura radical fue expresada de modo paradigmático por Bolivia y Ecuador, países en los cuales la articulación entre dinámica política e intensidad de las movilizaciones sociales fue tal, que ésta se tradujo en procesos constituyentes cuyo corolario fue la ampliación de las fronteras de la democracia. Nuevas categorías y derechos, tales como “Estado Plurinacional”, “Autonomías Indígenas”, “Buen Vivir”, “Bienes Comunes” y “Derechos de la Naturaleza”, pasaron a formar parte de la gramática política latinoamericana, impulsadas por diferentes movimientos sociales y organizaciones indígenas y alentadas por los gobiernos. Sin embargo, desde el inicio ambos países ilustraban también la existencia de un campo de tensión en el cual coexistían dos narrativas diferentes: una, la indianista, ecoterritorial y descolonizadora, centrada en la apuesta por la creación de un Estado Plurinacional y el reconocimiento de las autonomías indígenas, así como por el respeto y cuidado del Ambiente; la otra, la nacional-popular, marcada por una dimensión estatalista, reguladora y centralista, que apostaba al retorno y/o recreación de un Estado nacional, en el marco de la globalización asimétrica.

Salvo excepciones, durante más de una década los gobiernos progresistas vieron renovados sus mandatos presidenciales, a través de abrumadoras mayorías electorales, constituyéndose en partidos predominantes (como el MAS en Bolivia) o mayorías absolutas (como Alianza País en Ecuador). Indudablemente, la construcción de hegemonía aparece asociada al éxito económico, esto es, al crecimiento de las economías y la reducción de la pobreza, gracias al boom de los commodities.

Por supuesto que, desde el inicio, las derechas políticas y económicas han hecho todo lo posible por oponerse y desprestigiar los diferentes gobiernos progresistas. Pero la discusión no puede concluir en una lectura meramente conspirativa, algo que varios analistas latinoamericanos alimentan, culpando de todos los males del progresismo a las derechas y al “imperio”. No es posible soslayar el proceso político de construcción del poder de estos gobiernos ni tampoco los modelos socio-económicos por los cuales optaron y los conflictos que desencadenaron.

Así es, entre 2000 y 2015, mucha agua corrió bajo el puente. Por un lado, la dimensión de disputa y de conflicto introducida por la nueva dinámica de acumulación del capital introdujo dilemas y fracturas al interior del campo de las organizaciones sociales y de las izquierdas, que mostraron los límites de los progresismos desarrollistas, visible en su vínculo con prácticas e imaginarios hegemónicos del Desarrollo. Ciertamente, a partir de 2003, la geografía de la extracción en el sur global se dotó de nuevos registros, en virtud de los altos precios internacionales de los productos primarios. En esta línea, y al calor del boom de los commodities, América Latina vivió un período de crecimiento económico y de reducción de la pobreza, acompañado sin embargo, por una marcada tendencia a la reprimarización, visible en la acentuación de su reorientación hacia actividades primarios extractivas o maquilas, con escaso valor agregado. En consecuencia, el proceso de comodificación a gran escala de los bienes naturales trajo una doble consecuencia: de un lado, se tradujo por una explosión acelerada de conflictos socioambientales en toda la región latinoamericana; de otro lado, abrió una brecha en el interior de los movimientos sociales e incluso en el campo del pensamiento crítico latinoamericano.

Por otro lado, este panorama sería unilateral e incompleto si no incorporáramos el agitado proceso de construcción de hegemonía y sus conflictos, que fueron configurando a los diferentes gobiernos progresistas como regimenes de dominación más tradicional, sea en la versión de los populismos de alta intensidad, como en caso de Venezuela, Bolivia, Argentina y Ecuador, o de gobiernos transformistas, como el de Brasil y Uruguay.

Entiendo al populismo como un régimen político complejo y ambivalente que expresa la tensión insoslayable entre elementos democráticos y elementos no democráticos. En general, en el marco de los populismos realmente existentes esta tensión tiende a resolverse en favor del cierre autoritario o de la tentación hegemonista. Lo cierto es que, hacia fines de la primera década del siglo XXI, y a la hora de un balance necesario, la categoría de populismo fue ganando más terreno, hasta tornarse rápidamente un lugar común, deviniendo un campo de batalla político e interpretativo, aunque cada vez más lejos de las versiones apologéticas (como aquellas de Ernesto Laclau), y cada vez más cerca del tono peyorativo que adquiere el vocablo en labios de las derechas políticas y mediáticas. La lectura que yo hago se distancia de estas dos posiciones simplificadoras, pues enfatiza la doble dimensión del populismo y subraya –a lo largo del ciclo- su evolución hacia modelos de dominación más tradicional, visible entre otras cuestiones en la reducción de los espacios de pluralismo y en la concentración del poder político en la figura presidencial; todo lo cual confirma la subalternización de las organizaciones sociales al líder bajo el modelo de la participación controlada. Claro está que existen diferencias nacionales, entre, por ejemplo, los populismos plebeyos, típico de Bolivia y de Venezuela, más orientados a la democratización social; y los populismos de clases medias, que encontramos en Argentina y Ecuador, los cuales no son anti-elitistas y buscan concentrar el poder en ciertos sectores de las clases medias, que hablan en representación de los sectores populares.

Por otro lado, el caso del PT en Brasil parece ilustrar la figura del “transformismo”, pues éste consiste, según Gramsci, en “la absorción gradual, pero continua y obtenida” de parte de las élites de aquellos adversarios que parecían enemigos irreconciliables (el caso del PT). Efectivamente, no hay que olvidar que el PT desde su arribo al poder estableció alianzas con los sectores dominantes, favoreció la política de los sectores concentrados (por ejemplo, en lo que respecta al agronegocios), cedió a la tentación de la corrupción (particularmente generalizada en el sistema político brasileño) y terminó por desmoralizar a los grupos subalternos, que habían albergado grandes expectativas de cambio. La política de absorción de los grupos enemigos por parte de la élite dio resultados, si tenemos en cuenta la destitución de Dilma Rousseff y la actual persecución judicial de Lula da Silva, por hechos de corrupción.

A esto hay que agregar que el deterioro de los índices macroeconómicos en los tres países donde se viene operando un giro a la derecha (Argentina, Brasil y Venezuela), así como el debilitamiento de otras opciones de centro-izquierda, favorecieron la derechización de la oferta electoral, en un contexto de fuerte polarización política. El caso más típico es Argentina, donde el fin del kirchnerismo se llevó a cabo en el marco de una fuerte concentración de poder político en el ejecutivo, con una presidenta imposibilitada de sucederse a sí misma, la que sin embargo buscó controlar hasta en los últimos detalles tanto la campaña electoral de su sucesor (Daniel Scioli, entonces el gobernador de la provincia de Buenos Aires), designando candidatos por doquier, sumando en las cabezas de lista a miembros de la leal agrupación La Cámpora, en desmedro de dirigentes peronistas de larga trayectoria. En esa puja, el kirchnerismo buscó debilitar cualquier opción de centroizquierda o de liderazgo populista alternativo, empeñándose en colocar como contracara y rival privilegiado a Mauricio Macri, fundador del Pro (Propuesta Republicana), un partido de derecha nacido en 2005. Los resultados están a la vista.

HI: ¿Qué debería hacer la izquierda para contrarrestar este escenario político de embestida de la derecha?

Me temo que el efecto desmoralizador de estas derrotas políticas pueda golpear a los grupos subalternos, en lo que respecta a las expectativas de construcción de una izquierda política plural en el corto plazo, y tengamos un período de reflujo político-partidario, pero de nuevo empoderamiento de las izquierdas, ligadas a los movimientos sociales.

En esa línea, creo que la izquierda político-partidaria tiene que reinventar su vínculo con los movimientos sociales, a los cuales suele instrumentalizar, así como también es necesario repensar la construcción de una izquierda plural, en la cual quepan diferentes narrativas emancipatorias (la narrativa ecologista, indianista, autonómica, clasista). Por ejemplo, la izquierda latinoamericana no puede no ser ecologista, pues la defensa de los territorios frente al avance del capital bajo la forma de megaproyectos extractivos es uno de los elementos más destacados de las luchas anticapitalistas en la actualidad. En esa línea, la izquierda latinoamericana debería apostar al posextractivismo, pero entendiendo que ésta no es una discusión sobre más o menos ganancias extraordinarias. De lo que se trata, como dice Eduardo Gudynas, es de “aunar transición y transformación”, a través de propuestas de escenarios alternativos, cuyo horizonte se inscribe en otro tipo de racionalidad social y ambiental. Para ello hay que priorizar a los actores regionales por sobre los externos, a las territorialidades regionales y locales, en el marco de la integración regional y a escala nacional y provincial, activando y ampliando mecanismos participativos y de democracia directa, que hoy suelen ser obturados o manipulados.

Con sus luchas, con sus aciertos y limitaciones, quienes están marcando un camino son diferentes movimientos sociales y comunidades indígenas que sufren la segregación económica, social y espacial en forma inmediata, tras el velo del crecimiento económico y el progreso. Ellos están pergeñando conceptos fundamentales para superar la concepción hegemónica del desarrollo y el modelo extractivista, cuestionando que éste sea un destino inevitable: derechos de la naturaleza, soberanía alimentaria, vivir bien, justicia ambiental, derecho a la ciudad, bienes comunes, ética del cuidado. En suma, la discusión sobre el Posextractivismo apenas ha comenzado, pero sin duda es uno de los grandes debates de las izquierdas del siglo XXI.

Por otro lado, veo otras líneas de acumulación de resistencias: por ejemplo, las luchas sindicales (aun si en varios países éstas se han quedado sin narrativa de cambio); las luchas socio-territoriales protagonizadas por los movimientos urbanos (que también combaten contra el narcotráfico en los barrios y disputan la construcción de la subjetividad popular), y las nuevas organizacionales jueveniles/culturales que cuestionan el patriarcado, y luchan contra el femicidio, la trata y otras expresiones de la economía criminal, que va ganando terreno en nuestros países.

En todo caso, podría darse que en el nuevo ciclo político dos de las líneas de acumulación histórica hoy desconectadas (luchas socioambientales, luchas urbanas y sindicales) cuya trayectoria y espesor difieren según los países y experiencias, podrían establecer un diálogo mayor, en términos de estrategias de acción y resistencias a la restauración conservadora y de superación del progresismo pero también de diálogo en cuanto a la concepción del cambio civilizatorio y los conceptos-horizonte.

Como hemos dicho en un artículo con Massimo Modonesi, “la acumulación de fuerzas y la capacidad de articulación política de estas experiencias es, a todas luces, insuficiente para proyectarlas como alternativa operativa en el terreno de la disputa político-estatal, monopolizado por intereses poderosos y formatos consolidados. Sin embargo, estas luchas contienen prácticas colectivas y trasfondos morales e ideológicos que abren horizontes emancipatorios externos al perímetro delimitado por la oposición progresismo-neoliberalismo. Al mismo tiempo, a nivel societal, su fortalecimiento y consolidación antagonista como contrapoderes le confieren un valor inestimable ya que en la mediana duración de los cambios de época, frente al evidente desvanecimiento de la ilusión posneoliberal y bajo la amenaza restauradora, es indispensable orientarnos desde abajo, a contrapelo de toda tentación conservadora, esto es, a partir del hilo rojo de la capacidad de resistencia y la vocación emancipatoria de las luchas en curso.”

* Es socióloga, escritora e investigadora. Es Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba y Doctora en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París. Es investigadora Principal del Conicet y Profesora Titular de la Universidad Nacional de La Plata.