Las dos caras de la inmigración, diario Crítica, 24/05/08,

El endurecimiento de la política migratoria en Italia, como quedó evidenciado con el nuevo “paquete de seguridad” aprobado por el gobierno de Berlusconi, no puede hacernos olvidar que si bien todos los inmigrantes extra-comunitarios son iguales, algunos son más iguales que otros… Así, la incontinencia verbal de la derecha alterna, como en tantos otros países, con posiciones más pragmáticas que abren la puerta a la institucionalización de diferentes categorías de inmigrantes. La ministra Mara Carfagna lo dijo con crudeza cuando distinguió entre “el inmigrante-recurso” y el “inmigrante-problema”…
Esta distinción tiene su historia, y resulta muy clara para los italianos. En la primera categoría entran las “badantes” (las encargadas de cuidar a los ancianos y discapacitados), sin las cuales, como expresó el ministro del interior, “Italia viviría un drama socio-existencial que involucraría a las familias con menores, ancianos y discapacitados”. Esta especificidad italiana está relacionada con datos duros: es el país que cuenta con la tasa de natalidad más baja de Europa, y en contrapartida, tiene un alto porcentaje de población anciana. El envejecimiento de la población, sumado al carácter regresivo de prestaciones estatales en cuanto a asistencia social, explican el aumento vertiginoso de la demanda de “badantes”, que junto con los Colf (expresión eufemística que designa a las “colaboradoras domésticas”, desde cocineras a servicio de limpieza), forman un ejército auxiliar femenino, provenientes de países extra-comunitarios. Son mujeres de mediana edad, que pagan un alto costo de “integración” al Primer Mundo: el abandono de sus propias familias en sus países de origen, a las cuales mantienen con el dinero que envían, para dedicarse al cuidado de otros…
En 2007, el 60% de las demandas de regularización presentadas (más de 400 mil, entre 724 mil demandas), provenían de “badantes” y Colf, fenómeno que ilustra la feminización de la immigración. En ese año, solo 170 mil demandas fueron aceptadas, lo cual dejó en un estado de vulnerabilidad a muchas “badantes” no regularizadas,  que podrían ser expulsadas, luego de la aprobación del nuevo paquete de seguridad.
En el otro extremo se instala el “inmigrante-problema”, encarnado por los “rom”, los pueblos gitanos, cuya diferencia cultural nunca ha sido muy tolerada. Como dice el título de un informe de CIPSI, una red de ONGs, “la historia nunca fue generosa con los pueblos gitanos”. Basta recordar que, según el Museo de la Memoria del Holocausto de Nueva York, el número de gitanos muertos durante la segunda guerra mundial, llegaría a un millón, sobre todo en los campos de exterminio nazi. Hoy en Europa hay unos 10 millones, de los cuales sólo 170 mil en Italia. Son efectivamente una minoría, que vienen tanto de Rumania como de los países que componían la ex Yugoslavia, sin contar que 70 mil de ellos nacieron en suelo italiano, aunque no sean reconocidos como tales. La mayoría son indocumentados y viven en campos sedentarios, con escasos o nulos servicios, en verdadero estado de exclusión social. Hace unos días, luego de una visita a Roma y Nápoles, la eurodiputada de origen húngaro, Victoria Mohacsi, denunció a los campos “rom” de Italia como “entre los peores en Europa”.
Para la opinión pública, los campos “rom” aparecen como el caldo de cultivo de toda suerte de delito. No es que no haya elementos de marginalidad dentro del mundo gitano, pero esta constatación no basta para condenar a un pueblo entero a la ilegalidad, como parece ser el caso en Italia, donde la “natural” asociación entre inseguridad, delito y pueblos gitanos pasó a ser cuestión de Estado. El nuevo prefecto de Milán –donde viven 5.000 gitanos- ya tiene plenos poderes para actuar en lo que llaman la “emergencia nómade”, una decisión posterior al ataque de la población contra dos campamentos gitanos en Nápoles, ratificada por el “paquete de seguridad” que amplia el poder de los municipios en esta materia.
La inmigración tiene entonces varios rostros. En 2002, cuando también gobernaba la derecha, la ley Bossi-Fini otorgó a las “badantes” un status especial, aunque esa vez fracasó en el intento de introducir la figura del delito, para tratar la inmigración clandestina. Ahora, con sus idas y vueltas, el gobierno anunció nuevamente un trato especial para las “badantes”. La ministra Carfagna, como tantos otros altos funcionarios, fue insistente en este punto, preocupada por la estabilidad de la “badante” que se ocupa de su madre… Mientras tanto, más que nunca, convertidos en chivos expiatorios, los pueblos gitanos seguirán pagando caro sus pecados, algo vinculado a la diferencia cultural, y al hecho de ser improductivos o inasimilables desde el punto de vista capitalista.
Finalmente, el nuevo gobierno italiano, tanto por sus imágenes simplificadas y peligrosamente racistas, como por sus posiciones más pragmáticas, atentas a los cambios en el mercado de trabajo y protectora de la calidad de vida de “sus” ciudadanos, resulta un observatorio privilegiado desde el cual podemos obtener una visión de lo que sucede hoy con la cuestión inmigratoria en Europa.