Una historia con numerosos umbrales de daño

¿Cuándo se jodió la Argentina? A la hora de recoger el hilo de la historia, es difícil saber cuándo detenerse, hasta dónde llegar en el ejercicio de las causalidades. ¿Acaso hay que detenerse en 1930, momento en el que se puso fin a la primera experiencia democrática del país, a través de un golpe de estado cívico-militar? ¿O hay que anteponer la “decadencia nacional”, un tópico típicamente conservador que recorre la visión oligárquica-nacionalista, y que parte de la idea de una supuesta grandeza previa? ¿Hay que volver a la antinomia peronismo-antiperonismo como el inicio del mal, en nuestra pulsión por expulsar al adversario de las fronteras de la política? ¿O bien hay que ir más atrás, hasta Sarmiento, que pensó el Facundo desde el horizonte dicotómico de la civilización versus la barbarie, lo cual sirvió de justificación para el genocidio de los pueblos originarios y el asesinato de los últimos caudillos federales?

Así como no hay una sola causa, tampoco hay un solo momento de inflexión. Más bien, existen diversos y múltiples momentos de inflexión, los que en sus dinámicas recursivas y complejas van forjando “umbrales de pasaje”; momentos de interacción y cambio en los cuales se percibe un punto de condensación, si no de redefinición —parcial o global— de la situación, la apertura a algo diferente.

Volviendo sobre la pregunta “¿Cuándo se jodió la Argentina?”, la nuestra es una historia con numerosos umbrales de daño. Uno de los más recientes es el que impuso la última dictadura militar, pues marcó el final violento del empate social, caracterizado por feroces pujas entre los diferentes actores y grupos sociales, que atravesó el período 1955-1976, y sentó las bases para la redistribución negativa del poder social. La dictadura inició el pasaje convulsionado y conflictivo hacia un nuevo período, marcado por la gran asimetría entre los grandes grupos económicos y los empobrecidos sectores medios y populares. Como dijo el gran politólogo Guillermo O´Donnell, en 1976, un sector de la sociedad “cargó los dados a su favor”.

Aunque nada es lineal, el empobrecimiento y, sobre todo, la desigualdad, avanzarían en un proceso de reproducción ampliada. No pudo detenerlas el desdichado y por momentos voluntarioso gobierno de Raúl Alfonsín, y estas encontraron una vuelta de tuerca con el menemismo, diez años durante los cuales, al calor de una política neoliberal, se fueron forjando los marcos de una sociedad excluyente.

Los 90 sacaron lo peor de la gente. En su dinámica vertiginosa, la polarización social arrasaba con todo. Mientras unos pocos se enriquecían y eran acompañados por sectores ganadores de las clases medias en la huída a los countries y los barrios privados, los sectores populares vivía un proceso masivo de descolectivización y otros sectores de la clase media caían en la pobreza. Los 90 terminaron con la idea de la “excepcionalidad argentina”, como un país más homogéneo, más igualitario, respecto de otros países latinoamericanos, más marcados por la distancia social. A su vez, la desigualdad dejó de ser solo un asunto de políticas sociales y económicas, para asociarse también a la corrupción, a la impunidad, a la falta de controles horizontales y verticales, a la ausencia de independencia de las instituciones del Estado.

El breve gobierno de Fernando de la Rúa, con el default y la crisis de 2001, marcó el colmo. Hiperbólicos como somos, nos sentimos tan jodidos, pero tan jodidos, que la autoestima nacional cayó en el punto más bajo de la historia.

Durante el kirchnerismo, el crecimiento económico volvió de la mano del boom de los commodities; la dinámica de polarización se detuvo. Hubo una mejora material en las condiciones de trabajo, ingreso y consumo de los sectores subalternos y de las clases medias, al menos, hasta 2011. Se desplegó un lenguaje de derechos, gracias a la acción de diferentes movimientos sociales desde mediados de los 90. Grandes temas quedaron afuera (pueblos originarios, problemáticas socioambientales), revelando la lógica del poder y sus alianzas. Pero, pese a la disminución de la pobreza, durante el kirchnerismo se acentuó la desigualdad, visible en la concentración y extranjerización de la economía, con la reactivación del mercado interno, dominado por oligopolios, la expansión del agronegocios y la extranjerización en las actividades extractivas (petróleo, megaminería). Incluso, pese al negacionismo oficialista, el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner terminó con una alta tasa de pobreza.

A partir de 2015, el Gobierno de Mauricio Macri, a través de una política que prioriza abiertamente los mercados, empeoró todos los índices y agregó más desigualdad y pobreza. El Gobierno de los CEO, los tarifazos, la pérdida de empleo, la desaparición de las pymes, en fin, el increíble retorno al FMI y el crecimiento descomunal de la deuda, volvieron a instalarnos en el corazón de la lógica neoliberal. En muy poco tiempo, el giro a la derecha logró reavivar los traumas sociales más dolorosos que recorren la sociedad argentina reciente: la vuelta a la polarización social, el fantasma del retroceso político, el temor a la intemperie.

Por supuesto, la historia no se reduce a acumular sucesivos umbrales de daño, entendidos éstos como momentos de transferencia de recursos y de poder desde los sectores subalternos a los sectores dominantes. Las líneas de acumulación de luchas —sindicales, socioterritoriales, socioambientales, socioculturales— continúan su acción contra la impunidad; recrean la democracia participativa y deliberativa y buscan expandir las fronteras del derecho. Eso que llamamos genéricamente movimientos sociales están ahí para decirnos que la historia nunca está cerrada del todo, que la política es algo más que las reglas del sistema o de los pactos de dominación existentes. Están ahí para decirnos que es posible abrir a nuevos procesos políticos y sociales.

Más que nunca, a 35 años de iniciado el camino de la reconstrucción del sistema democrático, la certeza de que los “dados siguen cargados” nos obliga a repensar la (des)igualdad como el gran desafío, desde un nuevo horizonte colectivo.

Publicado en Infobae
https://www.infobae.com/opinion/2018/12/16/una-historia-con-numerosos-umbrales-de-dano/